Al final 

llega la despedida

pero sigue la vida

Qué dolor continuar con nuestras vidas dejando atrás la gira Nocturnal después de dos años de recorrer ciudades, de reencuentros y de noches inolvidables cargadas de sueños e ilusión. Amaral cerró ayer su brillante (en todos los sentidos) gira Nocturnal por todo lo alto. Colgando el cartel de sold out en el WiZink center, 15.000 asistentes que atesoraban sus entradas desde marzo se reunían para disfrutar del fin de gira de una de las giras más profesionalmente trabajadas y cuidadas que se han visto en los últimos tiempos. No es de extrañar el despliegue de cámaras para grabar cada detalle; habría sido una pena que algo tan brillante, tan profesional y a lo que se le ha puesto tanto cariño y esmero quedase en un simple recuerdo de los que tuvimos la suerte de asistir y disfrutarlo. 

Pletóricos y con el brillo de la ilusión en los ojos, Eva y Juan, acompañados del resto de la banda, pisaban con fuerza el escenario, aclamados por la multitud. Salía por última vez nuestra superluna mientras sonaba la intro de “Unas veces se gana y otras se pierde”. El cóctel molotov de “Revolución” y “Kamikaze” hizo vibrar el recinto para dar paso a la siempre emotiva y nostálgica Salir corriendo”, despertando recuerdos que, quizá influenciados por la ocasión, emocionaban más que de costumbre e hicieron aparecer las primeras lágrimas. Sin grandes cambios en el setlist, cabe destacar una versión en acústico, totalmente desnuda de la maravillosa “Un día más”, que nos transportaba directos a finales de los 90. Que estando ahí, en lo más alto tras 20 años de carrera, cerrando una gira alucinante de 60 conciertos ante 15.000 personas, Amaral recuerden con tanto cariño sus comienzos en los bares de Zaragoza y Madrid dice mucho de su calidad, como músicos y como personas. No fue el único recuerdo que compartieron Amaral con su público esa noche; también hubo una muy emotiva mención al concierto en la Sala Sol en 2013 el que a pesar de la gripe que sufría Eva, el dúo derrochó pasión y entrega por su trabajo, que es su vida, y recibieron a cambio el calor de un público que intenta estar a la altura de tan gran despliegue de profesionalidad y buen hacer. Qué emotiva esa lluvia de purpurina durante “El universo sobre mí” o esas luces de neón y linternas repartidas por todo el auditorio, contribuyendo a ese universo paralelo durante la sobrecogedora “Sin ti no soy nada”.

Lo de anoche, si no lo disfruté más, fue por el nudito en la garganta de pensar que ya no volverá esa luna, ni nos adentraremos en el bosque (nuestra fortaleza, nuestro nuevo hogar) ni en nuestro universo paralelo. Echaremos de menos las estrellas, las constelaciones, las ballenas, la pantera, y esas luces naranjas que nos hacen gritar "Días de Veraaaanoooo, Días de Veraaaanoooo", antes incluso de que Eva nos anime a acompañarla con palmas y suene ese ritmillo tan andaluz en el que es uno de los mejores momentos de la noche.

Echaremos de menos la locura colectiva y euforia que se desata durante “500 Vidas” o gritar "ÉSTA ES TU NIÑAAAAAA" como si no hubiera un mañana en la versión más rockera de la increíble “No sé qué hacer con mi vida”; para mí, la mejor canción de Amaral. Duele pensar que posiblemente, piques de guitarra y tan majestuoso despliegue vocal en finales tan sublimes y sobrecogedores como los de “Hacia Lo Salvaje” o “Sin ti no soy nada”,  quedarán en el recuerdo para dar paso a otros arreglos o incluso a otras canciones en giras venideras. Y aunque suene irónico porque dicen que “nadie los recordará”,  no podremos olvidar nunca ese eclipse que cerraba cada concierto, para cuya descripción necesito citar a Bonnie Tyler, "un eclipse total en el corazón."

Y no es sólo música, son sensaciones. Es ese ambiente de fiesta cuando suenan las canciones que han marcado nuestra adolescencia. Son las sonrisas de complicidad entre la banda, entre nosotros, entre la banda y nosotros. Son los abrazos y ojos llorosos durante “En el tiempo equivocado”. Es ese aroma afrutado que se queda en el aire incluso después de haberse marchado Eva. Es la sensación de plenitud, de haber cumplido un sueño, y a la vez de vacío, cuando suena Moonriver y recoges tus cosas del suelo para volver a casa con la cámara, la cabeza, y sobre todo el corazón llenos de recuerdos de una noche inolvidable.

Sólo tengo palabras de agradecimiento para todas y cada una de las personas que forman parte de esto y que lo han hecho posible. Me gusta pensar en aquello de Hoy es el principio del final, porque cada final marca el principio de una nueva historia. Esta vez no puedo prometer que no voy a llorar, pero mientras asimilamos todas las emociones vividas, seguiremos soñando con volver a vernos una noche de sábado.

Ven no tengas miedo a bailar
este es el vals del final.

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