Hace unos días nos adentramos en las instalaciones del teatro Principal de la capital aragonesa. Nos colamos por todos y cada uno de sus rincones, algunos abiertos al público y otros no. Además de conocer toda su historia, también descubrimos algunos detalles y pudimos conocer a todo el equipo humano que hay tras los telones, entre bambalinas. Visitamos los camerinos y las zonas más altas del teatro. Entre paseo y paseo charlamos con alguno de sus acomodadores; quién nos iba narrando toda la historia que esconde el salón. "Actualmente el aforo es de 850 personas. Cuenta con un total de 17 palcos y en sus pasillos podemos contemplar una exposición permanente, que cuenta de manera gráfica todo lo que ha pasado por allí, desde sus inicios hasta la actualidad". 

Historia del teatro Principal: 

En 1778 la Casa de Comedias de la ciudad de Zaragoza se ve envuelta en un trágico incendio y la capital aragonesa se queda sin teatro. Tras petición popular se consigue habilitar el Palacio de La Lonja para las representaciones. Mientras tanto, se decide la creación de un nuevo Coliseo en los antiguos graneros municipales, justo enfrente de dónde se situaba la Corrala desaparecida, a la altura del Coso.

Se encargó el proyecto al arquitecto Agustín Sanz aunque, pese a algunas referencias erróneas, el proyecto de Sanz nunca llegó a realizarse. Fue finalmente el proyecto de un tramoyista de la compañía que actuaba entonces en La Lonja, Vicente Martínez, el que culminó en el nuevo Teatro inaugurado un 25 de agosto de 1799 y que se llamaría Principal a partir de 1853, para diferenciarlo de otros que comenzaban a aparecer en la ciudad por estas fechas.

Su diseño adapta una fórmula de transición entre los corrales de comedias y los teatros a la italiana. El escenario y la sala, en forma de U, ocupaba la totalidad del solar sin apenas espacios secundarios, y se inaugura con una capacidad de 1600 espectadores.

A lo largo de sus más de dos siglos de existencia ha sido objeto de varias intervenciones para su consolidación, ampliación y mantenimiento. Entre las más importantes encontramos la llevada a cabo por Ricardo Magdalena durante la última década del siglo XIX, en la que son sustituidas las vigas de madera por otras de hierro dándole una consistencia que antes no tenía. Asímismo se cambia la decoración de la sala por la que aún hoy podemos contemplar en numerosos espacios ornamentales.

En 1939 y 1940 son Regino Borobio y José Beltrán los que llevan a cabo una nueva reforma del teatro. Lo más destacado de esta es la construcción de un espacioso Hall gracias a la adquisición del edificio de viviendas contiguo, que dota al teatro de un importante y nuevo espacio.

Finalmente, entre 1985 y 1987, el arquitecto José Manuel Pérez Latorre, lleva a cabo una intervención de puesta a punto integral de todo el conjunto del Teatro, asegurando de nuevo su continuidad.

Curiosidades: 

Desde hace algún tiempo podemos contemplar que en la zona de patio de butacas no existe el que fuera el pasillo central. De esta forma y tras la última remodelación del teatro las butacas son más cómodas y más anchas. Para no perder más aforo del que ya se había reducido se decidió prescindir del pasillo central, a excepción de si la compañía o la obra de teatro que se lleve a cabo lo requieren. 

La cuarta planta se ha denominado "Paraiso" por estar más cerca de las pinturas que podemos contemplar. 

En la antigüedad todo el ocio de la ciudad se llevaba a cabo en el teatro Principal de Zaragoza, habiendo días enteros de espectáculos sin interrupción. Cuando Franco vivía, cada obra y cada evento público que pasaba por el Teatro Principal, tenia que ser visado por el, antes de nada. Como conformidad y visto bueno, se sellaba y se anotaba lo que después se llevaría a escena, sin salirse lo más minino de lo permitido. Por aquel entonces, las funciones, no eran como ahora, que las compañias aterrizan en Zasragoza durante unos días o semanas, no, pues por aquellos años, todo era diferente, se quedaban durante una larga temporada. Los medios de comunicación en los que se anunciaba el evento, así también como en radio, y en los propios programas de cada función, en todos ellos, aparecía una misma seña , la de Franco. “Antes, cuando todo comenzó en el siglo XVIII, no había butacas, eran bancos que se quitaban cada vez que se hacían bailes de mascaras. Una orquesta tocaba, mientras el público disfrazado para la ocasión, bailaba y disfrutaba de la fiesta en la que también se servía comida y bebida”. El límite de aforo no estaba tan controlado como ahora. 

Actualmente cuenta con un servicio de restaurante, abierto al público, gestionado por la empresa hostelera "El Cachirulo"

 

Fotografías realizadas por: Lucía Llana. 

 

 

 

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